No hay que hacer trampa
NO HAY QUE HACER TRAMPA
El hombre trampea a diversos niveles. Se puede hacer trampa a Dios, se puede hacer trampa consigo mismo, se puede hacer trampa a los demás. De ordinario, no se hace trampa con Dios. A veces se hace trampa con uno mismo, explicándose monsergas. A menudo se hace trampa con los demás. ¿Por dónde hay que empezar a no hacer trampa? Se piensa que no hacer trampa a Dios es lo más fácil, pero si Dios es todo, si se hacen trampas a uno mismo o a los demás, se hacen trampas a Dios.
Si adoptamos el proverbio: «No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti», un buen modo de empezar es el de no hacer trampa a los demás. Si ya no haces trampa a los demás, es difícil de aceptar que los otros hagan trampas contigo. Hablaremos de ello una próxima vez. Es ridículo no aceptar que los otros hagan trampa con nosotros y continuar nosotros haciendo trampa.
Cuando recitamos el Padrenuestro, decimos: «Perdónanos nuestras ofensas (o remítenos nuestras deudas) como nosotros perdonamos a quienes nos han ofendido (o como nosotros las remitimos a nuestros deudores)». Se empieza, pues, por los demás.
Los diez mandamientos se resumen en dos (es por ello que Dios da a Moisés dos tablas de la ley) : amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. Quizás sea más fácil empezar por amar al prójimo como a nosotros mismos, para lo cual debemos comenzar por amarnos a nosotros mismos. Amarse a sí mismo a nivel del ego es egoísta, ya que el ego es personal por definición. Detenernos aquí, creyendo que al actuar de este modo hemos ganado una etapa en el camino de la Reintegración, es una falacia. El caso está en amar a Dios por encima de todo y amarse a sí mismo amando a Dios en nosotros. Puesto que Dios está también en cada uno, amar a nuestro prójimo es amar a Dios.
Amándose a sí mismo y amando a los demás se ama a Dios y de este modo no se hacen trampas.
Emilio Lorenzo
