La Humildad
La Humildad
Ser humilde no consiste en rebajarnos, en distinguirnos pareciendo inferiores o menos de lo que somos. Ser humilde consiste en situarnos en el lugar en que nos corresponde estar, es decir, en mostrarnos en nuestro lugar.
Es cuestión de «mostrarnos …». ¿Ante quien debemos mostrarnos para ser vistos y reconocidos? El hombre puede no dar pruebas de humildad en su trabajo o en la sociedad y, sin embargo, sí querer ser humilde ante Dios. Esto puede parecer absurdo pero, por desgracia, el hombre actúa a veces de un modo absurdo sin darse cuenta y muchas personas se comportan así sin reflexionar. Me gustaría decir a estas personas, una vez más, que no hay que hacer trampa. (Ver «Apuntes y Pinceladas del Gran Maestro» en el nº 1 de Le Flambeau)
Para que la humildad, sea eficaz en la vida espiritual, debe serlo en todos los aspectos: en nuestro ser, tanto en superficie como en profundidad, y en nuestros actos, cosa que no nos debe hinchar de orgullo ya que Él se encuentra también en los demás. Y, ¿por qué la humildad debería ser eficaz? Pues, dado que entonces nuestra personalidad no interpone, entre nosotros y el prójimo, una máscara apropiada a las circunstancias del momento, que haría ver o mostraría lo que desearíamos ser, la humildad permite a la gracia divina actuar en nosotros, hecho que nos produce paz, alegría y serenidad.
Un escollo nos acecha, sin embargo, en nuestra búsqueda espiritual cuando nos preguntamos si es lícito experimentar un mínimo de autosatisfacción. Si pensamos que nuestros progresos espirituales son debidos a nuestras cualidades o a nuestros esfuerzos, es que nuestro ego ha tomado el mando. Aparece entonces un sentimiento de orgullo. Mientras que si consideramos que es la gracia de Dios quien lo ha hecho todo en nosotros, surge la solución. El hecho de ser humildes, es decir verdaderos, nos permite constatar que, gracias a nuestra actitud interna, hemos abierto la puerta a la acción divina en nosotros. Esta actitud interna debe de estar impregnada de inteligencia que nos haga ver nuestras limitaciones y que nos dé el discernimiento. Así pues, podríamos decir que, para ser eficaz, la humildad debe de estar acompañada de la inteligencia.
Como la vida se expresa por un cambio continuo, el discernimiento es necesario para substituir el lugar donde nos encontramos actualmente por un nuevo sitio, de acuerdo con los designios de la Providencia. Este sitio se vuelve entonces dinámico en el sentido de progresión individual. En nuestro caminar de Hombre de Deseo para llegar a ser Nuevo Hombre, cuenta menos el dónde estamos que el cómo cambiamos nuestra marcha.
El orgullo mira hacia afuera; la humildad mira hacia dentro, es decir, hacia Dios.
Emilio Lorenzo
