La Paz
LA PAZ
La paz es un estado de armonía, de aceptación, de comprensión y de conformidad con las leyes de la naturaleza.
Tanto si se trata de paz espiritual como de paz material, o dicho de otro modo de paz interior como de paz exterior, la paz tal y como la entendemos puede ser sentida por el hombre. La sensación de paz llega a través de los sentidos. Así pues, una de las condiciones para acceder a la paz será el dominio de dichos sentidos así como el dominio del mental, que podríamos considerar como nuestro sexto sentido, generador de deseos. El mental es quien, en realidad, concibe y provoca los deseos. Para alcanzar la paz interior, es necesario ejercitarse en controlar el mental y uno de los medios para ello es la práctica de la meditación. Otro medio para llegar a este control sería el de actuar sobre los deseos.
Y eso, ¿de qué modo? Pues haciendo de manera que nuestros deseos sean razonables, es decir, en consonancia con nuestros medios, con nuestro entorno y con nuestra vida cotidiana. Un buen sistema para domesticar estos deseos consiste en preguntarse lo siguiente cada vez que aparece un deseo: ¿qué gano yo satisfaciendo este deseo? ¿y qué pierdo si no? Si en ello debo perder la paz, es mejor dejar de lado el deseo en cuestión. Llegados aquí, el mental debería quedarse tranquilo y en paz pero, por desgracia, un mental no domado no aceptará esta paz y buscará inmediatamente otro deseo. Errará sin cesar a merced de otros objetos de deseo, levantando fantasiosos proyectos en espera de una tarea material concreta capaz de mantenerlo ocupado plenamente. Louis-Claude de Saint-Martin así lo había expresado cuando, en la escala de evolución del hombre, situó al Hombre de Deseo tras el Hombre de Torrente. Este último está dominado por el mental, mientras que el primero orienta su mental hacia la realización de un solo deseo: Dios.
Seamos virtuosos o, por lo menos, esforcémonos en llegar a serlo; la virtud nos permitirá acceder al control de los sentidos. El control de los sentidos nos permitirá tener «buenos deseos», es decir, deseos razonables. Los deseos razonables, a su vez, serán más fáciles de satisfacer y de este modo encontraremos la paz.
La paz interior nos permite aceptar las circunstancias exteriores y adaptarnos a ellas. Al no oponernos a estas circunstancias y al abrirnos al exterior, tiene lugar un intercambio: los demás se nos acercan al no sentirse en peligro de ser agredidos y nuestra paz interior fluye hacia los demás. Así es como la paz exterior podrá manifestarse sobre la Tierra.
No dejemos que nuestro mental se apropie de nuestras buenas resoluciones. Estamos de acuerdo en que el control de nuestros sentidos y de nuestro mental es un asunto de envergadura pero deberíamos ya entrenarnos a ello. Empecemos despacito. La consiguiente paz, verdadero sentimiento (que no hay que confundir con una emoción), nos alentará a seguir, haciéndonos más dignos de los beneficios espirituales de los cuales el Martinismo es dispensador.
Que la paz, que la alegría y que la caridad sean en nuestros corazones… y presentes en nuestros actos.
Emilio Lorenzo
