Practicar la Verdad

PRACTICAR LA VERDAD

La verdad es inmutable ya que no cambia según las circunstancias ni según el tiempo. Podemos acercarnos a la verdad de dos maneras distintas: objetiva o subjetiva. El mental se caracteriza por unas funciones de razonamiento objetivo. Más allá comienza el territorio de lo subjetivo y «la Verdad» se torna en «nuestra verdad». La meta espiritual por alcanzar es que nuestra verdad, relativa y subjetiva, esté de acuerdo y en armonía con la Verdad absoluta. Lo que nos impide percibir esta armonía toma su origen en unas deformaciones de la verdad provocadas por la impureza de las distintas partes de nuestra personalidad (lo físico, lo emocional y los pensamientos).

Si nuestra personalidad o uno de sus componentes no están equilibrados ni purificados, actúan, ante la luz divina proveniente de nuestra alma, a modo de lentillas que, opacas o deformadoras, alteran la imagen de la Verdad. De ahí la necesidad de la purificación de nuestro cuerpo físico, de nuestras emociones y de nuestros pensamientos, y de ahí el menester de una constante búsqueda de una interacción equilibrada entre estas diferentes partes, sin conflicto alguno entre ellas.

Sin embargo, no basta con simplemente conseguir un conocimiento de la verdad: hay que practicarla. Nuestra vida será más fácil con la constante práctica de la verdad y con la experiencia fruto de acciones desinteresadas. A partir de tal momento, no tendremos ya necesidad de buscar, cueste lo que cueste, el adaptarnos a las circunstancias a fin de protegernos del cambio, ya que el cambio siempre produce miedo. Buscar una tal protección exige un gasto de energía que, de otro modo, podría ser utilizada para nuestra evolución espiritual. Llegados a este punto, un nuevo campo de conciencia se abrirá ante nosotros y nuestra verdad alcanzará un nivel superior en el que la luz será percibida, esta vez, sin opacidad ni deformación alguna.

Hemos visto cómo practicar la verdad mediante acciones desinteresadas. Esto es una práctica «exterior» de la verdad. Es necesario también practicar «interiormente» la verdad y ello puede hacerse a través de la meditación y de la oración, sin olvidar que la práctica de la verdad está siempre acompañada de la gracia de Dios. Esta gracia no puede tocarnos más que cuando nuestra personalidad está en perfecto acuerdo con nuestra alma.

La verdad, tal y como la percibimos, la verdad subjetiva, es una parcela de la Verdad. Debemos pues estar atentos al modo como la expresamos, ya que puede herir. En este caso más vale el silencio - digo bien, el silencio - que una mentira piadosa. Pero ¿cómo saber si una verdad puede herir?  Apelando al amor. El amor es el infalible guía de la verdad. Verdad y amor son inseparables, ya que uno no está completo sin el otro.

Cuando el amor está con nosotros, la verdad no anda lejos. Podría decir, sin miedo a equivocarme, que si poseo una verdad que pueda separarme de mi hermano, debo buscar otra verdad de mayor rango que me acerque a él.

Pongamos pues en práctica, sin más tardar, pequeñas verdades en lugar de aguardar la ocasión de poder practicar una gran verdad. Cuánto más pequeños nos sintamos, más seremos capaces de admirar la grandeza divina.

Emilio Lorenzo