Pureza y purificación
Pureza y purificación
La pureza se refiere a la naturaleza de lo que no está corrompido. Para que una sustancia sea pura es necesario que no contenga cuerpo extraño alguno y que no esté contaminada, en una palabra, es necesario que sea ella misma, sin mezcla alguna. Asimismo, para que un ser sea puro, hace falta que no esté contaminado por su entorno.
Al nacer, el ser humano puro e inocente no es aún reo de la materia. Solamente acaba de entrar en el mundo. Más cerca del espíritu que de la materia, su entorno le amenaza con contaminarlo. Poco a poco, su ego se formará. A fin de evolucionar en su medio familiar sin sufrimiento, se adaptará a los deseos de sus padres y luego a los de su medio ambiente. Si estos deseos son dirigidos hacia la materia irán acompañados de envidia, de angustia, de cólera y matizarán el deseo del niño. En cierto modo, lo volverán impuro y por ello lo separarán de su relación con el espíritu. Los medios de acción del niño, del adolescente y del adulto después, se verán progresivamente alejados y desligados del espíritu y, por consiguiente, más cercanos de la materia. Llegado a este nivel, el ser humano no alcanza a vibrar a la frecuencia necesaria para estar en armonía con su alma. Es necesaria entonces una purificación. Para restituirle al hombre un estado lo más cercano posible a su ser verdadero, todas las grandes religiones preconizan abluciones antes de la oración a fin de limpiarlo de impurezas y de lavarlo de toda añadidura.
Juan el Bautista dice que él bautiza por el agua, pero que Jesús bautizará por el fuego. Los alquimistas utilizaban la purificación por el agua para separar distintos cuerpos. Este método, lento, tiene la ventaja de cultivar la paciencia, la perseverancia y la voluntad. Una vez adquiridas estas virtudes, viene la purificación por el fuego que solamente dejará aquello que no pueda ser consumido. Se trata de una purificación eficaz y rápida pero que puede resultar peligrosa. Análogamente, para ir de un modo eficaz hacia Dios, debemos también purificarnos y volvernos cada vez más transparentes, despojándonos de todo lo que pudiera enturbiar la relación consciente con nuestra alma, canal hacia el espíritu.
Antes de una meditación o de una oración, deberíamos ejecutar un acto de purificación que facilitaría en nosotros la comunicación entre la personalidad, el alma y el espíritu. A medida que devenimos transparentes, que no necesitamos ya barreras (cuyo único fin es el de protegernos) y que abandonamos nuestros antiguos prejuicios, el acto de purificación nos acerca a nuestros semejantes.
En su esencia el ser humano es bello y, cuando esta esencia no está oculta, es aceptado por los demás porque lo bello, lo verdadero y lo justo suscitan una evidente atracción. Subsigue una alegría de compartir, siempre que este compartir esté dentro de los límites que impone el respeto a la voluntad ajena.
¿No sería esto, acaso, el inicio de la verdadera ecología?
Emilio Lorenzo
