Trabajemos la Unidad
Trabajemos la Unidad
La meta del martinismo es la de recuperar la unidad, reencontrar el estado del Hombre antes de la caída en la materia, caída que lo arrastró al mundo de la dualidad. El diablo (del latín diabolus o del griego diabolos, «que desune») bien se cuida de mantenernos en esta dualidad.
Martines de Pasqually, en su Tratado de la Reintegración…, nos dice que el mental del hombre, tal y como es, ya no puede alcanzar el plano divino porque los espíritus caídos se adueñaron de su mental trayendo la desunión. Esta desunión tiene la consecuencia de sumergirnos en la duda, el miedo, la voluntad de estar protegido y, por ello, la de separar. Esta necesidad de protección proviene de la creación de nuestra personalidad, personalidad que cree proteger nuestro ser esencial separándolo del mundo y de los demás. Una gran parte de nuestras energías «vitales» es utilizada en reforzar este caparazón y en apegarnos a él para darnos seguridad. Este caparazón-personalidad impide que se manifieste el ser esencial que somos. Sin embargo, para los martinistas, el ser esencial ha conseguido crear una grieta en la personalidad para expresar el deseo de reencontrar su unidad perdida. Ha nacido el Hombre de Deseo y la dualidad en la cual está sumergido su mental se ejerce ahora en un nivel superior, En lugar de escoger entre dos situaciones «materiales», se debate entre una inclinación que lo atrae hacia la materia, con todos los apegos que lo retienen y otra que tiende hacia el espíritu, con esta nostalgia y estas ganas de liberarse de las ataduras que lo separan.
Louis-Claude de Saint-Martin, en El Nuevo Hombre nos dice:
«Hombres de torrente, quisierais conocer las voluntades de Dios en las distintas situaciones en las que os encontráis, como si estuvierais unidos a él, mientras que nada puede hacerse por vosotros sin esta unión; quisierais estar unidos a Dios como si estuvierais purificados, mientras que esta unión no puede realizarse más que tras vuestra purificación; quisierais estar purificados como si hubierais hecho todos vuestros esfuerzos para ello, cuando vuestra purificación no puede tener lugar más que después de largos y penosos sacrificios. Quisierais que estos largos y penosos sacrificios estuvieran ya hechos, como si los objetos de estos sacrificios hubieran ya desaparecido ante vosotros, mientras que estos mismos objetos componen hoy todas las substancias de vuestro ser» (*)
(*) - Le Nouvel Homme, París, 1792 (Diff. Rosicrucienne 1992, cap. 48, pág. 244, § 3).
Los largos y penosos sacrificios que conlleva el desapego de nuestro Yo de todos los objetos materiales que lo condicionan son el inicio de esta obra de purificación.
Para ello, el martinismo ofrece una preciosa ayuda. Nos prepara con sus Iniciaciones rituales y las reuniones de Grupo. Al principio de la reunión, nos nombramos tomando con ello consciencia de que somos unos distintos de los demás. Durante toda la reunión, ofrecemos estas diferencias para enriquecer al grupo. Comunicamos al grupo nuestras ideas, nuestros pensamientos, nuestros conocimientos concernientes a los temas previstos a tratar. Cada miembro presente tiene el deber de expresarse sobre estos temas ya que debemos dar al grupo nuestra participación en la formación de una nueva unidad, rica de todas las diferencias de los participantes. Frases tales como: «no estoy de acuerdo» o bien «no es verdad» tienen que proscribirse. ¿Acaso no es más enriquecedor para el grupo, y para cada cual, decir «tengo otro punto de vista» o «esto también puede verse de otro modo…»?
Conseguida ya la unidad del grupo, el Incógnito da las conclusiones del grupo. Nadie, después de él, puede tomar la palabra sobre los temas tratados para expresar otra opinión. Si, a estas alturas de la reunión, en el grupo hubiera opiniones distintas, la unidad se rompería. El diablo se habría adueñado de nuevo del mental de uno de los miembros y la comunicación con el reino del Espíritu se rompería, con lo que la «Cadena de Unión» se resentiría. No se trataría ya de un asunto de personalidad, de autoridad o de un poder típico del mundo profano; se trataría de un asunto de fraternidad.
Acabaré con una frase de un gran Iniciado africano Peul Amadou Hampate Ba:
«Si piensas como yo, eres mi hermano.
Si piensas distinto que yo, eres dos veces mi hermano
ya que gracias a la riqueza que me aportas y a aquella que yo te doy,
empezamos a enriquecernos mutuamente y a ser dos veces más hermanos»
Emilio Lorenzo
