Ver el mundo… Ver a los demás
Ver el mundo... Ver a los demás
¿Cómo vemos el mundo? Nuestros sentidos nos relacionan con el exterior. Por ellos tomamos conciencia de lo que sucede fuera de nosotros. La facultad de observar los cambios nos la da la noción de tiempo. Pero esta noción de «tiempo» ha tomado relieve hasta tal punto en nuestra existencia que, frecuentemente, damos más importancia al lapso que separa dos instantes dados de nuestra vida (el «tiempo» en sí) que a los acontecimientos que en él suceden. Existe pues una falta de atención a los eventos del presente, tomando el futuro una mayor importancia a nuestros ojos ya que el ego, a fin de preservarnos de un eventual sufrimiento, quiere gestionar nuestro futuro, pretendiendo así conservar el control absoluto de nuestra seguridad.
Analicemos ahora el funcionamiento de nuestros sentidos. Los sentidos son órganos pasivos que reciben estímulos provenientes del exterior; seguidamente, el mental los analiza y la personalidad reacciona. Este proceso es la forma en que se desarrollan normalmente los sucesos. Pero «normal» no quiere decir corriente. Habitualmente, sucede de otro modo: como nuestro mental está orientado hacia el futuro, se orienta hacia el exterior mediante los sentidos. Para tranquilizar el ego, el mental filtra la realidad como si buscara anticipar o prever acontecimientos ya conocidos. En lugar de sacar la energía del exterior y usarla para integrarnos mejor en el mundo, hay una fuga de energía hacia el exterior a través de los sentidos. Su función está pues invertida y por ello enfermamos en un mundo propio completamente irreal que, para continuar existiendo, monopoliza toda nuestra energía.
Abordemos ahora nuestra manera de ver a los demás. En este caso, a pesar de que nuestros sentidos tendrían que premiar la receptividad, la mayor parte de las veces son el medio por el cual nosotros proyectamos nuestros deseos o nuestros temores sobre los demás, ya que no vemos en ellos más que lo que nos gusta o que presenta un interés para nosotros.
Si queremos percibir correctamente a nuestro prójimo, nos interesa permanecer pasivos, con nuestros sentidos atentos a recibir todos los estímulos emitidos por él. Ésta es la verdadera escucha. Sin embargo, cuando escuchamos a alguien, no oímos a menudo más que las primeras frases de su discurso, porque estamos ya construyéndonos una opinión que, aunque paulatinamente irá ajustándose al discurso del otro, no cambiará fundamentalmente porque nuestra atención es captada con prontitud por la preparación de una respuesta acorde con nuestro propio pensar. Durante este tiempo de preparación ya no escuchamos porque nuestra atención no está disponible. No puede haber, pues, un verdadero diálogo sino, todo lo más, dos monólogos parcialmente oídos y a menudo defectuosamente comprendidos y, por lo tanto, mal juzgados.
Estas reflexiones ponen en evidencia que podría existir un cierto modo de ver el mundo… y los demás, que fuera constructivo desde el punto de vista espiritual. Un buen ejemplo sería un diálogo que consiguiera tener lugar sin el egocentrismo tan frecuente en nuestros días. Para ello tendríamos que estar receptivos al otro. Esto nos permitiría conservar la energía que requiere toda toma de decisión: en el presente caso, la respuesta a dar. Actuaríamos así con la fuerza necesaria, con perfecto conocimiento de causa y, como premio, con alegría de vivir.
Desgraciadamente, por el momento hemos de constatar que el mundo sería bello si los hombres no lo hicieran cada vez más difícil de vivir. Entretanto, formamos parte de los seres humanos y como tales debemos, usando nuestros sentidos, irradiar paz, alegría y caridad a nuestro alrededor.
Emilio Lorenzo
